martes, 17 de octubre de 2017

El valor de la fidelidad matrimonial


D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.
-¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel? 
A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos, se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas.
La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de "talismán": parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia. 
Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente. 
Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera. 
De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo.
La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehúyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.
-Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles? 
La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal. 
-Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia... 
Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno. 
Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro. 
Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: "No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tú Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue".

jueves, 3 de agosto de 2017

En familia educamos


Una buena familia es aquella que ayuda a todos sus miembros a crecer y ser fuertes. Es un núcleo donde existe un clima de confianza donde se pueden contar las cosas diarias sin temor a ser juzgados. Una familia adecuada es tolerante de las debilidades de cada quien. Apoya también los talentos y fortalezas que tengan los hijos. Permite los errores porque entiende que solo así aprenderán a crecer adecuadamente, logra un equilibrio entre la autoridad y el amor que permite el desarrollo sano de sus miembros. Una buena familia tiene rutinas y ritos que todos respetan. Comen juntos aunque sea una vez al día. Celebran los cumpleaños y las Navidades juntos. Se acompañan entre sí en las buenas y las malas. Pasan tiempo juntos, y también abren el espacio del tiempo individual. Cada hijo necesita un tiempo o un espacio que sea solo para él (ella). En una buena familia existe el respeto por los padres y por los hijos. 

El maltrato se minimiza. Se acepta el conflicto como parte necesaria de la vida cotidiana. La convivencia implica algo de conflicto pero se asume una actitud constructiva frente a este. En una buena familia existen buenos ejemplos por parte de los padres con el testimonio de vida de los padres, se les enseña a los hijos valores como honestidad, generosidad, respeto y confianza. En una buena familia va a haber de todo un poco, sin que por eso se rotule a los hijos. 

Encasillar a un hijo como el difícil, al otro como el inteligente, hace mucho daño pues no permite que el ser humano cambie. Cada miembro tiene derecho a ser como es y debe tener la libertad de desarrollar su potencial. Una buena familia es capaz de mandarle al hijo el mensaje de que pase lo que pase los demás miembros siempre estarán ahí. El pertenecer a una familia fuerte y unida es el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos y a las futuras generaciones. 

Esto se lleva muy adentro y vale más que el dinero, el poder o cualquier otra riqueza. Así de sencillo, construyamos familias buenas de verdad y así sí podemos construir una verdadera paz.

Recuperado, http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-866313

jueves, 29 de junio de 2017

Enséñale las claves para convivir en paz con los demás




¿Quieres que tu hijo aprenda a convivir y a respetar a los demás? Transmítele actitudes y valores positivos desde que es un bebé.
Niños que no cumplen las normas, que responden a sus profesores, que pegan a sus compañeros... Numerosos estudios indican que el nivel de agresividad de los pequeños está aumentando. Y ante esta situación, los padres nos preguntamos cómo podemos dar a nuestros hijos la base para que sean personas pacíficas y tolerantes, capaces de convivir en armonía y de respetar a los demás.
La clave está en transmitirles valores morales desde la infancia, tanto en nuestro hogar como en las relaciones con sus primeros amigos. Las siguientes ideas son una buena guía para educar al niño en la paz y el respeto.
1. CREAR UN ENTORNO TRANQUILO
Está demostrado que, en los primeros años, lo que el niño ve y aprende en casa influye en él más que el colegio o la tele. Por eso desde bebé necesita un entorno sin tensiones en el que pueda recibir nuestras señales e interactuar con nosotros. Es importante que crezca “sabiendo” que en casa se habla, no se grita ni se insulta, que se presta atención a lo que dice el otro, y que respetamos a las personas que nos rodean aunque no estemos de acuerdo con ellas.
2. MANTENER LA COHERENCIA
Debemos ser coherentes con los valores que queremos trasmitirle. Si intentamos educarle en la tolerancia y no respetamos las diferencias de opinión, si le damos un azote para que deje de pegar a su hermano o si vociferamos para que no grite, él hará lo mismo cuando se relacione con otras personas.
Para lograrlo debemos unificar criterios educativos en la pareja y ser firmes y constantes con los límites, al margen de la situación o el estado de ánimo.
3. DARLE EJEMPLO EN CADA OCASIÓN
En los primeros años la imitación es la forma fundamental de aprendizaje del niño, y sus padres son sus mejores modelos. Por eso, una regla de oro es actuar como deseamos que él lo haga. Por ejemplo, ver que mantenemos el control cuando se comporta mal (ante una rabieta, una mala contestación...) es para él una lección magistral.
4. TRANSMITIRLE VALORES A DIARIO
La transmisión de valores se produce a un nivel inconsciente y día a día, en cada intercambio con el niño. Es importante que nos acostumbremos a darle los buenos días y las buenas noches, a decir por favor y a dar las gracias. Y que nos mostremos receptivos a sus cariños y atenciones, para que él haga lo mismo.
Si estas actitudes se convierten en una costumbre para él, las aplicará con sus amigos.
5. ELOGIARLE CUANDO SE PORTE BIEN
El refuerzo positivo hace que se sienta seguro y confiado en el mundo. Hay que elogiarle cada vez que se porte bien (si lo hacemos sin que haya una razón dejará de ser eficaz) y explicarle el porqué del elogio. Así aprenderá qué actitudes suyas nos agradan y se habituará a reconocer lo positivo de otras personas y a decírselo.
6. ENSEÑARLE A ACEPTAR EL "NO"
Aceptar las frustraciones y entender que no puede salirse siempre con la suya es básico para que se convierta en una persona tolerante y pacífica. Los estudios muestran que los niños sin límites son impulsivos e inseguros(pegan, son muy rebeldes, no pueden contener la ira...)