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viernes, 2 de diciembre de 2011

LOS PADRES MÁS MALOS DEL MUNDO



Diciembre 18, 2008

Yo tuve los padres más malos del mundo; mientras los otros niños no tenían que desayunar, yo tenía que comer cereal, huevos y pan tostado.

Cuando los demás tomaban colas y dulces para el almuerzo, yo tenía que comer sopa y arroz. Mis padres siempre insistían en saber quiénes eran nuestros amigos y lo que estábamos haciendo.

Insistían en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, solamente nos tardaríamos una hora.

Me da vergüenza admitirlo, pero tuvieron el descaro de romper la ley contra el trabajo de los niños menores, hicieron que laváramos platos, tendiéramos las camas, aprendiéramos a cocinar, y muchas cosas igualmente crueles.

Creo que se quedaban despiertos en la noche pensando en las cosas que podrían obligarnos a hacer, siempre insistían en que dijéramos la verdad, y nada más que la verdad.

Para cuando llegamos a la adolescencia, ya fueron más sabios, y nuestras vidas se hicieron aún más miserables. Nadie podía tocar el claxon para que saliéramos corriendo. Nos avergonzaban hasta el extremo, obligando a nuestros amigos a llegar hasta la puerta para preguntar por nosotros.

Mis padres fueron un completo fracaso, ninguno de nosotros ha sido arrestado, cada uno de mis hermanos ha servido en una misión y también ha servido a la patria, y…,¿A quién debemos culpar de nuestro terrible futuro?…, tienen razón, a nuestros padres. Vean de todo lo que nos hemos perdido. Nunca hemos podido participar en una demostración de actos violentos y miles de cosas más que hicieron nuestros amigos. Ello nos hizo convertirnos en adultos educados y honestos.

Tomado: Del Libro el Poder Invisible del Amor

viernes, 25 de noviembre de 2011

La nueva generación de padres



Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los más dedicados y comprensivos pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia. Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más “igualados”, beligerantes y poderosos que nunca.

Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres a quienes los hijos nos regañan; los últimos que le tuvimos miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos; los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos. Y lo que es peor, los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos nos irrespeten.

En la medida que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien y para mal. En efecto, antes se consideraba buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto; y buenos hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres.

Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre adultos y niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten. Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que además les patrocinen lo que necesitan para tal fin. Como quien dice los roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa, como en el pasado. Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles “chéveres" a sus hijos.

Se ha dicho que los extremos se tocan. Y si el autoritarismo del pasado llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad del presente los llena de miedo y menosprecio al vernos tan débiles y perdidos como ellos. Los hijos necesitan percibir que durante la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener y de guiarlos mientras no saben para dónde van.

Si bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo ahoga. Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos adelante liderándolos y no atrás cargándolos, rendidos a su voluntad. Es así como evitaremos que las nuevas generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que se está hundiendo una sociedad que parece ir a la deriva, sin parámetros ni destino.

(Publicado en el diario El Tiempo, bajo el título “Los extremos se tocan”, Enero 23, 2005)

www.angelamarulanda.com
angela@angelamarulanda.com

jueves, 12 de mayo de 2011

La importancia de la puesta de límites en nuestros niños



En la primera etapa de vida del niño es donde comienzan y deben formarse los primeros aprendizajes de los límites para el dominio de los impulsos.

La puesta de límites debe ser compartida y acordada entre todos los adultos que rodean al niño en su hogar y en la escuela y sostenida en el tiempo. Para aprender a respetar los límites el niño necesita de la experiencia de ver confirmado por los adultos lo que se le acaba de transmitir.

Los límites puestos en el hogar tienen que ver con los valores universales para todos.
El límite es una manera de proteger al niño. Significa marcar de forma muy clara y específica hasta dónde pueden llegar.

Los niños necesitan aprender lo que está bien y lo que está mal, necesitan saber que no pueden tener todo lo que quieren y aprender a superar las frustraciones que se presentan en la vida, si mamá dice “NO” el papá también debe decir “NO”.

El límite no es una descarga verbal de gritos e insultos, de padres irritados y apurados frente a la demanda insistente del niño. El niño -con su conducta desbordada- está pidiendo que se lo contenga, que un adulto pueda frenarlo, un “no” que lo limite y lo asegure.

Poner límites es respetar su condición de debilidad, de dependencia total en cuanto a sus necesidades físicas, emocionales y afectivas.

“La puesta de límites no se puede posponer, debe empezar en la infancia desde la familia”.